domingo, 11 de setembro de 2011




Intromisión



Llevaba tres meses trabajando en el pozo de mi jardín. Estaba siendo un verano agradable. Las ganas de ir a la playa eran grandes; pero mi obstinación por terminar el pozo no dejaba ni respirar al tiempo.Recuerdo que los primeros días (vivía solo) de trabajo en el pozo, hasta mí -allí abajo-, llegaban las voces amortiguadas de unas gentes. Pese a la insistencia de esas voces, que yo atribuía a unos parientes míos; no les hice caso, porque no me daba la real gana perder tiempo con mi hermano Mateo, o si no era él, era mi prima Isabel, y si no se trataba de ella, sería algún amigo. Y mi tiempo no estaba para más nadie que para el pozo.
Los días se fueron pasando, las semanas. Ya estaba acabando el revoco del pozo. Una mañana soleada el pozo estaba listo. Hoy sí que me voy a dar el lujo de ir a la playa. Y eso hice.
Al salir de casa, mi vecina, se puso blanca y apretó el paso sin corresponder a mi saludo como hacía de costumbre.
En la playa, para mi sorpresa, las gaviotas rajaban el aire en frente mío.
Cuando llegué a casa, después del gratificante baño de sol y de mar, los vecinos estaban apretujados a sus puertas como esperando mi llegada. Pero ninguno de ellos se pronunció; aunque les pasé muy cerca.
Entré en casa. Me fui directo al pozo para sacar agua con la que refrescarme. En el fondo del pozo no había agua, tampoco estaba revocado. El pozo estaba inacabado.
Salí a la calle a pedir una explicación a no sabía bien a quién.
La calle estaba desierta, cuando poco antes estaba llena de vecinos curiosos.

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