El Puente Invisible
I
En la pantalla del televisor todo era un campo blanco de batalla. La sangre de los soldados y de los caballos teñía la nieve, y los cuerpos se amontonaban cómo montoncitos coloreados. El joven pensó en aquella imagen. La cámara entraba con más detalle en los hormigueros humanos, de rostros duros, blancos, grisáceos, caballos rígidos cómo de escayola. El blanco lo inundaba todo a pesar de la indiferencia y el tozudo silencio que tiene la muerte. Se le cerraban los ojos, entonces, cuando ya se iba a dormir en la cama frente a la pantalla, de debajo de varios cuerpos algo se estremecía, era uno de los dos generales de la contienda, el perdedor y único superviviente de su ejército. Tenía una brecha enorme en la frente. A duras penas consiguió deshacerse de los cuerpos que oprimían el suyo, para llegar a quedarse libre e inerme, en aquel desierto gélido. Eso aplazó el sueño del joven. Miró atentamente al general. Era un milagro, de la nada había aparecido. Estaba moribundo, y en principio lo que parecía que iba a ser un bodrio de película, ganó fuerza. ¿Qué iba a ser de aquel vencido? Esa cuestión llevó al joven a acomodarse la almohada a la cabeza, mientras tanto, el general se llevaba las manos a la suya, le dolía a rabiar, gritaba de dolor en medio de aquella ruptura.
II
Los apagados ojos azules del general apenas alcanzaban a distinguir a los buitres que diseñaban un gran círculo, a escasos cincuenta metros por encima de él. De cada vez eran más. Se abalanzaban en grupos pequeños sobre los cuerpos de sus subordinados, y los despedazaban sin ninguna prisa, pero sin pausa, con aquellos picos robustos. Las aves carroñeras se peleaban por cada centímetro de cuerpo que poseían. Sus aleteos infernales, sus graznidos, su sed de sangre, eran una réplica animal para el general de lo que ellos, los hombres, hacían. El general intentó con todas sus fuerzas arrastrarse. Lo consiguió unos dos metros y no pudo más. El esfuerzo había sido mayúsculo, sabía que iba a morir enseguida. Nunca pensó que acabaría siendo devorado por buitres, cuando empezó la carrera militar. Si alguna vez la idea de la muerte pasó por su cabeza, a ésta la veía en el campo de batalla. Una muerte heroica, luchando cara a cara contra el enemigo. El joven que asistía a la película era del mismo parecer. Era terrible para un general tener que asumir una muerte indigna y detestable como aquella.
Dos campesinos alemanes cruzaron el campo sembrado de cadáveres, una manta negra de alas alzó el vuelo, haciendo un estruendo terrible, cómo de cuerpos lanzados al vacio contra un río, o una gran nube descargando granizo de repente. Uno de los campesinos divisó al general, que estaba algo separado del tumulto de soldados mutilados. Llegaron hasta él. El joven espectador se alegró por el general. Entre los campesinos lo llevaron hasta el pueblo. En casa de uno de ellos tuvo los cuidados de su mujer. Cuando hubo pasado casi un mes, el general podía andar ayudado de un bastón.
Los campesinos alemanes sabían que se trataba de un militar del ejército francés. Enemigo de su pueblo. Habían sido derrotados los franceses. No conocían la graduación del militar francés. Ellos eran simples campesinos. Aquel militar había sido derrotado por el ejército alemán. De todos modos, ellos eran gente de bien, y nunca hubiesen dejado abandonado a su suerte a aquel hombre. Se trataba del carácter de los campesinos. No eran justicieros. Le ayudarían hasta que se recuperase y luego se tendría que marchar. Eso era todo lo que podían hacer por él. En ningún momento le preguntaron nada al militar. Cuidaron de él, y cuando se recuperó, le equiparon con ropas y comida. Al joven le agradó la actitud de los campesinos alemanes, podían haberlo denunciado a las autoridades, pero no lo hicieron.
El general agradeció encarecidamente a los campesinos el que le hubieran salvado la vida. El haberlo hospedado en su casa tanto tiempo poniendo sus vidas en riesgo. Unas lágrimas brotaron de los ojos del aguerrido general francés. Los alemanes asintieron con la cabeza humildemente, cómo si el hecho de haberle salvado la vida no tuviera nada de especial, y así era para ellos. Se abrazaron brevemente, el general intercambio unas palabras con los campesinos en alemán. Entonces empezó a andar acompañado de su cayado, dejando lentamente la aldea de campesinos, poblada de vacas, mulas, y gallinas que estaban por todas partes; eran cómo una comitiva de despedida para el general francés, ahora con ropas de campesino alemán. Tenía muchos kilómetros por delante hasta llegar a su tierra, si es que lo conseguía, puesto que había sido herido severamente. En la batalla su caballo había caído sobre él. Era muy probable que tuviese contundentes heridas internas. Sabía que ya nunca sería el mismo después de aquella batalla. Le dolía el cuerpo continuamente. Se quejaba de los riñones, el hígado, el pecho, y sobre todo, los dolores de cabeza eran infernales, para volverlo loco.
III
El joven se levantó de la cama, el teléfono sonaba, pensó que sería Javier. Era él. Le llamaba para ir a tomar unas copas por la ciudad, era sábado. ¿Había algo mejor que hacer un sábado por la noche, que ir a ver que se movía por ahí; que tomarse unas cervezas con los amigos y echarse unas risas? Generalmente no, pero particularmente aquel sábado para Alex sí. Aquel general le tenía intrigado, a pesar de ver que era un completo desgraciado, un personaje desdibujado cómo la misma neblina del bosque por donde ahora mismo transitaba por la pantalla del televisor. Alex tenía la sensación de que la película daría un vuelco, y tal vez, la historia cambiaría completamente. De por sí, el general había despertado en Alex compasión, un sentimiento que estaba agazapado en su corazón desde hacía muchos años. Le dijo a su amigo Javier que no se encontraba bien, que tenía algo de fiebre. Colgó. Volvió a la cama. Se tapó. Otra vez aquel melancólico piano, que acompañó la entrada de las imágenes del campo de batalla, al inicio de la película, empezó a sonar. El general avanzaba torpemente perdido entre la niebla por un bosque de grandes árboles, sus copas achaparradas de nieve. La música y la figura del general hacían una simbiosis perfecta. Las notas lúgubres del piano, remarcaban el espíritu derrotado del general, que se esforzaba en avanzar por aquel sendero. Imágenes de la batalla llegaban cómo un constante goteo a la dolorida cabeza del general, que el joven Alex visionaba en el televisor desde su cama. El general montado en su negro caballo, sable en mano, detrás de él todo su ejército. Delante, el ejército prusiano.
IV
Todos los soldados de a pie estaban preparados con sus espingardas listas para atravesar cómo espárragos a los prusianos. Eran tres filas de unos 180 hombres cada una. Detrás estaba la caballería y más atrás la artillería. El general dio la orden de ataque; se pusieron en marcha los soldados de a pie, mientras que los cañones empezaron a detonar sus tripas de acero. El ruido era ensordecedor, hasta aquel momento todo en silencio salvo las notas de aquel piano. Por su parte, los prusianos avanzaron también. La lucha fue encarnizada, pero para desgracia de los franceses, los prusianos tenían más cañones, estaban mejor armados y se hallaban en superioridad numérica. El ejército del general consiguió oponerse durante un tiempo más que digno, vistas las condiciones de desigualdad imperantes. Lo que vino después fue una carnicería. Por cada soldado francés eran tres o cuatro prusianos. Acabaron con todos, exceptuando el general, que tuvo la suerte o la desgracia de quedar oculto debajo del cuerpo sin vida de su caballo. De esa manera salvó la vida.
El general dejó de caminar por el sendero y se sentó al abrigo de un árbol. Deseo estar muerto, la derrota era indignante, y más cuando él era el responsable. ¿Qué sentido tenía volver a Francia? ¿Serían capaces de llevarlo ante un tribunal militar? ¿Serían capaces de condenarlo sin hacerle juicio alguno? El general tenía la mirada perdida, una voz en off, la suya, se hacía esas preguntas vitales y angustiosas. Alex se sentía mal. La situación del general era pésima. Había luchado con valentía junto con su ejército y habían perdido una batalla que ningún ejército de la tierra hubiera ganado en esas condiciones desventajosas. El general sacó de la bolsa de cuero un pedazo de pan y de queso, que los alemanes muy gentilmente le habían ofrecido. Era un suplicio para el general tener que masticar. Le dolía la cabeza al hacerlo. Tuvo que esforzarse, pues si masticar le traía dolor de cabeza, el no hacerlo lo dejaba con un hambre canina. Se esforzó y se alimentó un poco antes de guardar la comida debido al dolor de cabeza. Al poco rato de estar bajo aquel árbol, que para Alex no fue ni un segundo, el general inició su camino por aquel sendero que llevaba a un pueblo pequeño de campesinos.
V
Para cuando llegó al pueblo, la noche se mostraba esplendorosa, cómo una corona de fuego, las estrellas fulgían relucientes, la temperatura había bajado considerablemente. El general se veía incapaz, inútil, tenía la sensación de estar dentro de un gran cubo de hielo. El frío se apoderaba de sus movimientos, que eran torpes, seniles. Las chimeneas de las humildes casas de los campesinos echaban humo a todo trapo. Si no se resguardaba moriría congelado. Se acercó a la puerta de una casa para intentar escuchar quién había dentro; al hacerlo, una vieja de unos setenta años abrió la puerta. Te he pillado mendigo, le dijo al general, que le respondió a la vieja que estaba por llamar a la puerta. La vieja lo miró de arriba abajo, poco después le preguntó sí era uno de los pocos militares franceses que habían quedado con vida tras la guerra. El general le respondió que así era. La vieja agradeció la sinceridad del militar, que sacó una moneda de oro de un bolsillo; y le dijo a la vieja si se podía quedar esa noche en su casa. Ella lo cogió del brazo y lo metió rápidamente para dentro de casa. Los ojos se le dilataron a la vieja, cuando prácticamente le arrancó de las manos la moneda de oro al general. Imagínese si se puede quedar, soy una persona hospitalaria. Le acepto la moneda porque si no sería una descortesía, y porque además ando muy mal de dinero. Corren malos tiempos para todos, imagínese para los pobres. Acérquese al fuego, debe de estar helado. La vieja le dio de cenar comida caliente, luego le convidó a un coñac barato. Todos los agasajos puso en práctica la vieja, con tal de que aquel soldado francés durmiera cómo un angelito, y ella pudiera hurgar en sus vestimentas para hallar otro metal precioso cómo aquel que brillaba en sus manos. La vieja le preparó en el suelo una cama improvisada de mantas al lado del fuego. Se dieron las buenas noches. El general se guardó su pequeño tesoro en los calzoncillos sin que ella lo viera. Al cabo de unos veinte minutos se durmió, abatido por el cansancio y llevado por la comodidad y el acogedor crepitar de la leña, que, aparte de desentumecerle los huesos, era como si le desentumeciera el alma.
VI
La vieja, mientras el general dormía, había fisgoneado en las ropas y la bolsa, pero no había encontrado nada. Sospechaba que tal vez tuviera algunas monedas más; pero se supo contenta con la moneda que recibió. Cuando se hizo de día, despertó al general con un tazón de leche caliente y un gran pedazo de pan con mantequilla. El general desayunó sin hablar mucho. La vieja no paraba de contar cosas sobre la guerra. La guerra la crea el diablo, le dijo la vieja al general.
A Alex le daba mal rollo aquella vieja. Nunca le gustó la gente que hablaba mucho. No paraba de hablar, y el pobre del general no tenía más remedio que apechugar. Lo importante era salir de aquel pueblo cuanto antes. La vieja podía contar a los vecinos que por allí andaba un superviviente francés, y éstos no ser tan atentos y gentiles cómo aquellos que le salvaron la vida. Muchas gracias señora por todo, le dijo el general a la vieja campesina alemana. Tengo que proseguir mi camino. Vaya usted con Dios, le respondió la vieja, que se llevó la moneda del bolsillo a los dientes, unas vez hubo cerrado la puerta. El general caminó deprisa por la calle principal enfangada, compuesta por dos hileras de casas, de unas doce a quince cada una. Cuando ya estaba fuera del pueblo, resoplando cómo un búfalo después de una galopada por la llanura, el corazón a cien por hora, su cuerpo demolido casi por completo, apoyado en un árbol, una mano le tocó la espalda. El general casi se muere del susto. Al girarse descubrió quién era. Allí estaba con su cuerpo enjuto y alto, su moño rubio, sus ojos verdes, pequeños, la boca de labios delgados cómo un simple trazo de lápiz; nariz de patata en aquel rostro largo, quijotesco. Era la vieja. El general intentó decir alguna cosa coherente, pero la vieja empezó a hablar paranoicamente, sin puntos ni comas, atropelladamente. Así pues, el general la dejó correr verbalmente cómo lo hace un río desbocado, que arrambla con todo lo que pilla a su paso, sin pausas, sin tabiques, sin puntos y apartes para discernir los contornos por donde se encamina un dialogo lógico.
Cuando hubo terminado de no decir nada. El general le preguntó a la vieja, ¿está usted segura de que quiere acompañarme hasta mi casa? ¿Es un duro y largo camino? La vieja pareció tranquilizarse un poco. Le dijo al general que tenía interés en ayudarle. ¿Por qué? Preguntó el general. Nadie hace nada por nada. Mire, dijo la vieja, le voy a ser sincera. Si usted me da unas monedas más, yo le ayudo a llegar a su destino. Yo no tengo más monedas, dijo el general. Sólo tenía una, la que le di a usted. ¿Me está diciendo la verdad? Preguntó inquisitiva la vieja. Claro, dijo el general, no tengo moneda ninguna.
Chicos, salid. De detrás de dos árboles salieron dos alemanes de unos treinta a cuarenta años. Campesinos altos y bien alimentados. Eran sobrinos de la vieja. Se acercaron al general. Uno de ellos le dio unos bofetones al general a modo de guasa. El otro sobrino y la vieja se reían de las gracias de aquel. Iba a lloverle al general la quinta bofetada cuando éste ya no pudo más, y agarrándole el brazo al campesino con la mano derecha, se lo torció detrás de la espalda. Entonces el campesino con la mano libre que le quedaba intentó golpear al general, que aplacó el golpe con su izquierda, y le metió un cabezazo directo en la nariz, reventándosela inmediatamente. Cayó al suelo llevándose las dos manos a la cara sangrienta. El otro campesino se abalanzó como un loco sobre el general, que con la velocidad que traía, éste se hizo rápido a un lado y le puso la zancadilla. Al levantarse el campesino se dio de cara con una patada en la boca por parte del general, que por algo era general y no sargento. La vieja salió corriendo despavorida.
Alex no esperaba una de esas por parte de aquel tipo apático y melancólico. Terminó la escena con aquellos campesinos huyendo cómo gallinas, y el general atacado por su infinito dolor de cabeza. Fue entonces cuando Alex aprovechó para liarse un cogollo de marihuana y tomarse un chocolate caliente.
VII
Respiró profundamente, de su boca salió el aire casi congelado, de los pulmones de Alex una humareda blanca que empapaba de blanco la habitación, igual que el paisaje por donde proseguía penosamente el general. Pensó en la maldad de la vieja, también lo hizo Alex, que al ir colocado no pudo contener la risa al rememorar la paliza que le había metido el general a los dos palurdos bávaros. Hizo unas comparaciones fuera de orden y medida entre el general y Bruce Lee; aunque en una cosa coincidían, en el resultado. Precisamente eso fue lo que llamó la atención de Alex, que estaba dándole otro achuchón al porro. La destreza con la que se manejó con los campesinos. La tranquilidad con la que los dejó cao. Alex se afirmaba todavía más en su intuición inicial que le había llevado a desechar salir con los amigos. No sabía porque, pero aquel personaje en apariencia rancio, obsoleto, depresivo, guardaba un interés que ya se estaba revelando.
Después de andar más de dos horas seguidas por el bosque, el general se paró a atender sus necesidades fisiológicas. Se agazapó entre unos matorrales, apretó los dientes, parece ser que llevaba unos días estreñido debido al stress de la batalla, los nervios, esas cosas que no dejan a los hombres que fluyan con libertad sus más automatizados procesos orgánicos. Le empezó a doler la cabeza, a veces le daban ganas de arrancársela con una pica. Una voz de hombre llegaba desde una distancia prudente, cantaba así:
Princesa mía, rondel de oro
Ámame, aunque no sea moro
Desciendo de los vastos galos
Aunque refinado, lo soy consumado
Tra lara lara la la la la
Tra lara lara la la la la
La canción continuaba con los lamentos y las obsesiones de un apasionado por su apasionada. El individuo estaba llegando cerca del general, que se encontraba escondido tras los matorrales a unos metros del camino. Se limpió el culo al estilo cabrero, es decir, con una piedra, y se vistió enseguida, para ocultarse aún más si cabía de aquel hombre, que se hubiera supuesto ser un trovador que estaba de camino a alguna parte. El supuesto trovador cambió la canción por otra que así hilaba:
Huele a mierda recién cagada,
Por aquí hay un hombre, o una mujer
No por mal, ha de oler bien
Ni por bien, mal lo ha de hacer
En la decadencia de los procesos
Crecen las flores más bellas
Y huelen que alimentan
La flor de Loto pongo por ejemplo
Y a todo esto este cantar voluptuoso
Haría el favor de mostrase, mujer u hombre
Para poder ser presentados
Como seres civilizados.
Alex flipó con la verborrea de aquel tipo, que era tan alto como el general, salvo que debería pesar un quinta parte menos. Era delgado cómo un galgo. De su cara salía una nariz inverosímil que apuntaba hacía las estrellas. Sus ojos eran pequeñas ascuas candentes, la tez morena, el pelo negro largo peinado hacia atrás recogido en una coleta. Sus ropas podían ser las de un burgués.
El general se mantenía en silencio esperando que aquel tipo se marchara y le dejara en paz. Su cara era de malestar, parecía decir: ni cagar en paz me dejan. Ni cagar en paz puede el general, pensó Alex, rematando el porro. Cansado de esperar, y viendo que aquella especie de trovador inmiscuido no se iba, el general salió de entre los matorrales.
-¿Qué quiere, aparte de molestar una de las acciones más discretas, de las cuáles tiene derecho a disfrutar en paz cualquier ser humano? –Dijo malhumorado el general.
-Bien es cierto lo que dice, caballero, cómo también lo es de personas bien educadas, el darse a conocer. ¿No le parece? –Respondió amablemente el supuesto trovador.
-Tiene razón, soy el general Albert Rieu, único superviviente, que yo sepa, de la batalla de Durvem. A su servicio. –Dijo el general, recuperando por primera vez su espíritu, después de perder la batalla.
-Es un placer, me pongo a su disposición para lo que necesite. Mi nombre es Enrique, soy un trovador atemporal. Canto por amor, y amo porque canto.
-¿Quiere comer conmigo? –Le preguntó el general al joven.
-Será un placer, general. –Respondió feliz de la vida el poeta, que el destino siempre le tenía previsto algo acorde con su amorosa alma.
VIII
Comieron en silencio aquello que los campesinos hospitalariamente ofrecieron al general. Cuando hubieron acabado, el trovador le preguntó al general por la batalla. El general no tuvo mucho que contar.
-Parece usted abatido general. –Dijo el trovador con un aire consolador en su tono de voz.
-¿Cómo se sentiría usted, si todo su ejército estuviera muerto? ¿Y la dignidad de la patria tirada por el fango? –Respondió el general, más a sí mismo que al otro.
Yo me pillaría una melopea de un par de narices con los colegas y santas pascuas, pensó Alex, con el cogollo de marihuana todavía zigzagueándole por las neuronas.
-Mire el lado bueno de toda la historia, general. Es el único superviviente. ¿Acaso eso no es maravilloso? –Dijo Enrique el poeta trovador intentando animarle.
-Lo maravilloso, querido joven, hubiera sido morir con mi ejército. Aparte de lo maltrecho que he quedado físicamente, tengo un vacío en el alma que me reprocho el aire que respiro. –Dijo el general, que hizo un gesto con la mano, dando a entender que no quería charlar más sobre ese asunto. ¿Hacia dónde se dirige, joven?
-Voy camino de Landgraaf. Tengo que animar una fiesta nupcial, que se celebrará este fin de semana. –Respondió Enrique alegremente.
-¿Usted siempre está de ese buen humor? –Preguntó el general desde su inconsolable escepticismo.
-Así es, me viene de nacimiento. Mientras unos se empeñan en darse una miseria de felicidad, yo tengo la humildad de darme un banquete con ella.
-Debe de tener una conciencia tan ligera cómo las plumas de las aves, que de esa manera consiguen alzarse al vuelo. –Dijo el general, mirando con recelo a aquel joven desgarbado que tenía frente a sí.
-Mi conciencia, cómo muy bien usted dice, mi general; tiene tal ligereza, pues no se somete a los pesados rigores sociales; ni se deja arrastrar por los falsos vientos de la lujuria. Simplemente vaga soñadora cantando a la belleza.
Al general las palabras del muchacho, cuanto menos, le resultaron utópicas, teniendo en cuenta que el general acababa de salir de un infierno, y las consecuencias, le sesgaban el alma, dejándolo en un estado de completa depresión. Una sensación en la que el futuro era una burla, el pasado un dolor inaceptable cómo aquel dolor de cabeza, y el presente una caída sin fondo.
Alex se lio otro porro. Había pasado más de una hora desde que comenzara la película. No habían pasado muchas cosas, como suelen pasar en esas películas de acción. Pero algo había pasado. Sintió frío con aquellos paisajes invernales del centro de Europa, caminando con aquel general abatido, derrotado, tanto de día cómo de noche. Ahora que la película estaba acabando, le vino a la cabeza la pirada de la vieja y sus sobrinos intentando darle el golpe al general, y cómo éste se defendió magistralmente sin despeinarse.
El piano, aquellos acordes desgarradores, agazapados en las imágenes, un lenguaje brutal, por su fuerza innata, que aparecían y desaparecían casi sin ser advertidos; cómo ahora, cuando el general miraba con confianza en los ojos, al trovador; un ser libre cómo una cabra, un león o una gaviota.
-Mi general, véngase conmigo a Landgraaf, no tiene nada que perder. Le garantizo que se sentirá cómo en su casa. –Dijo Enrique el poeta.
-Sabe, querido amigo. Tiene usted toda la razón del mundo. Le acepto el convite. –Replicó el general, al cual le brillaron por primera vez los ojos con luz propia.
Los dos nuevos amigos empezaron a andar, una fina lluvia de nieve caía sobre la blancura del bosque. El piano cesó su melancolía, reemplazado por una canción alegre; los títulos de crédito aparecieron. Alex se quedó frente a la pantalla hasta el mismísimo final. Se puso lo primero que pilló y salió a la noche del sábado. En casa ya no había más nada que hacer.
FIN
I
En la pantalla del televisor todo era un campo blanco de batalla. La sangre de los soldados y de los caballos teñía la nieve, y los cuerpos se amontonaban cómo montoncitos coloreados. El joven pensó en aquella imagen. La cámara entraba con más detalle en los hormigueros humanos, de rostros duros, blancos, grisáceos, caballos rígidos cómo de escayola. El blanco lo inundaba todo a pesar de la indiferencia y el tozudo silencio que tiene la muerte. Se le cerraban los ojos, entonces, cuando ya se iba a dormir en la cama frente a la pantalla, de debajo de varios cuerpos algo se estremecía, era uno de los dos generales de la contienda, el perdedor y único superviviente de su ejército. Tenía una brecha enorme en la frente. A duras penas consiguió deshacerse de los cuerpos que oprimían el suyo, para llegar a quedarse libre e inerme, en aquel desierto gélido. Eso aplazó el sueño del joven. Miró atentamente al general. Era un milagro, de la nada había aparecido. Estaba moribundo, y en principio lo que parecía que iba a ser un bodrio de película, ganó fuerza. ¿Qué iba a ser de aquel vencido? Esa cuestión llevó al joven a acomodarse la almohada a la cabeza, mientras tanto, el general se llevaba las manos a la suya, le dolía a rabiar, gritaba de dolor en medio de aquella ruptura.
II
Los apagados ojos azules del general apenas alcanzaban a distinguir a los buitres que diseñaban un gran círculo, a escasos cincuenta metros por encima de él. De cada vez eran más. Se abalanzaban en grupos pequeños sobre los cuerpos de sus subordinados, y los despedazaban sin ninguna prisa, pero sin pausa, con aquellos picos robustos. Las aves carroñeras se peleaban por cada centímetro de cuerpo que poseían. Sus aleteos infernales, sus graznidos, su sed de sangre, eran una réplica animal para el general de lo que ellos, los hombres, hacían. El general intentó con todas sus fuerzas arrastrarse. Lo consiguió unos dos metros y no pudo más. El esfuerzo había sido mayúsculo, sabía que iba a morir enseguida. Nunca pensó que acabaría siendo devorado por buitres, cuando empezó la carrera militar. Si alguna vez la idea de la muerte pasó por su cabeza, a ésta la veía en el campo de batalla. Una muerte heroica, luchando cara a cara contra el enemigo. El joven que asistía a la película era del mismo parecer. Era terrible para un general tener que asumir una muerte indigna y detestable como aquella.
Dos campesinos alemanes cruzaron el campo sembrado de cadáveres, una manta negra de alas alzó el vuelo, haciendo un estruendo terrible, cómo de cuerpos lanzados al vacio contra un río, o una gran nube descargando granizo de repente. Uno de los campesinos divisó al general, que estaba algo separado del tumulto de soldados mutilados. Llegaron hasta él. El joven espectador se alegró por el general. Entre los campesinos lo llevaron hasta el pueblo. En casa de uno de ellos tuvo los cuidados de su mujer. Cuando hubo pasado casi un mes, el general podía andar ayudado de un bastón.
Los campesinos alemanes sabían que se trataba de un militar del ejército francés. Enemigo de su pueblo. Habían sido derrotados los franceses. No conocían la graduación del militar francés. Ellos eran simples campesinos. Aquel militar había sido derrotado por el ejército alemán. De todos modos, ellos eran gente de bien, y nunca hubiesen dejado abandonado a su suerte a aquel hombre. Se trataba del carácter de los campesinos. No eran justicieros. Le ayudarían hasta que se recuperase y luego se tendría que marchar. Eso era todo lo que podían hacer por él. En ningún momento le preguntaron nada al militar. Cuidaron de él, y cuando se recuperó, le equiparon con ropas y comida. Al joven le agradó la actitud de los campesinos alemanes, podían haberlo denunciado a las autoridades, pero no lo hicieron.
El general agradeció encarecidamente a los campesinos el que le hubieran salvado la vida. El haberlo hospedado en su casa tanto tiempo poniendo sus vidas en riesgo. Unas lágrimas brotaron de los ojos del aguerrido general francés. Los alemanes asintieron con la cabeza humildemente, cómo si el hecho de haberle salvado la vida no tuviera nada de especial, y así era para ellos. Se abrazaron brevemente, el general intercambio unas palabras con los campesinos en alemán. Entonces empezó a andar acompañado de su cayado, dejando lentamente la aldea de campesinos, poblada de vacas, mulas, y gallinas que estaban por todas partes; eran cómo una comitiva de despedida para el general francés, ahora con ropas de campesino alemán. Tenía muchos kilómetros por delante hasta llegar a su tierra, si es que lo conseguía, puesto que había sido herido severamente. En la batalla su caballo había caído sobre él. Era muy probable que tuviese contundentes heridas internas. Sabía que ya nunca sería el mismo después de aquella batalla. Le dolía el cuerpo continuamente. Se quejaba de los riñones, el hígado, el pecho, y sobre todo, los dolores de cabeza eran infernales, para volverlo loco.
III
El joven se levantó de la cama, el teléfono sonaba, pensó que sería Javier. Era él. Le llamaba para ir a tomar unas copas por la ciudad, era sábado. ¿Había algo mejor que hacer un sábado por la noche, que ir a ver que se movía por ahí; que tomarse unas cervezas con los amigos y echarse unas risas? Generalmente no, pero particularmente aquel sábado para Alex sí. Aquel general le tenía intrigado, a pesar de ver que era un completo desgraciado, un personaje desdibujado cómo la misma neblina del bosque por donde ahora mismo transitaba por la pantalla del televisor. Alex tenía la sensación de que la película daría un vuelco, y tal vez, la historia cambiaría completamente. De por sí, el general había despertado en Alex compasión, un sentimiento que estaba agazapado en su corazón desde hacía muchos años. Le dijo a su amigo Javier que no se encontraba bien, que tenía algo de fiebre. Colgó. Volvió a la cama. Se tapó. Otra vez aquel melancólico piano, que acompañó la entrada de las imágenes del campo de batalla, al inicio de la película, empezó a sonar. El general avanzaba torpemente perdido entre la niebla por un bosque de grandes árboles, sus copas achaparradas de nieve. La música y la figura del general hacían una simbiosis perfecta. Las notas lúgubres del piano, remarcaban el espíritu derrotado del general, que se esforzaba en avanzar por aquel sendero. Imágenes de la batalla llegaban cómo un constante goteo a la dolorida cabeza del general, que el joven Alex visionaba en el televisor desde su cama. El general montado en su negro caballo, sable en mano, detrás de él todo su ejército. Delante, el ejército prusiano.
IV
Todos los soldados de a pie estaban preparados con sus espingardas listas para atravesar cómo espárragos a los prusianos. Eran tres filas de unos 180 hombres cada una. Detrás estaba la caballería y más atrás la artillería. El general dio la orden de ataque; se pusieron en marcha los soldados de a pie, mientras que los cañones empezaron a detonar sus tripas de acero. El ruido era ensordecedor, hasta aquel momento todo en silencio salvo las notas de aquel piano. Por su parte, los prusianos avanzaron también. La lucha fue encarnizada, pero para desgracia de los franceses, los prusianos tenían más cañones, estaban mejor armados y se hallaban en superioridad numérica. El ejército del general consiguió oponerse durante un tiempo más que digno, vistas las condiciones de desigualdad imperantes. Lo que vino después fue una carnicería. Por cada soldado francés eran tres o cuatro prusianos. Acabaron con todos, exceptuando el general, que tuvo la suerte o la desgracia de quedar oculto debajo del cuerpo sin vida de su caballo. De esa manera salvó la vida.
El general dejó de caminar por el sendero y se sentó al abrigo de un árbol. Deseo estar muerto, la derrota era indignante, y más cuando él era el responsable. ¿Qué sentido tenía volver a Francia? ¿Serían capaces de llevarlo ante un tribunal militar? ¿Serían capaces de condenarlo sin hacerle juicio alguno? El general tenía la mirada perdida, una voz en off, la suya, se hacía esas preguntas vitales y angustiosas. Alex se sentía mal. La situación del general era pésima. Había luchado con valentía junto con su ejército y habían perdido una batalla que ningún ejército de la tierra hubiera ganado en esas condiciones desventajosas. El general sacó de la bolsa de cuero un pedazo de pan y de queso, que los alemanes muy gentilmente le habían ofrecido. Era un suplicio para el general tener que masticar. Le dolía la cabeza al hacerlo. Tuvo que esforzarse, pues si masticar le traía dolor de cabeza, el no hacerlo lo dejaba con un hambre canina. Se esforzó y se alimentó un poco antes de guardar la comida debido al dolor de cabeza. Al poco rato de estar bajo aquel árbol, que para Alex no fue ni un segundo, el general inició su camino por aquel sendero que llevaba a un pueblo pequeño de campesinos.
V
Para cuando llegó al pueblo, la noche se mostraba esplendorosa, cómo una corona de fuego, las estrellas fulgían relucientes, la temperatura había bajado considerablemente. El general se veía incapaz, inútil, tenía la sensación de estar dentro de un gran cubo de hielo. El frío se apoderaba de sus movimientos, que eran torpes, seniles. Las chimeneas de las humildes casas de los campesinos echaban humo a todo trapo. Si no se resguardaba moriría congelado. Se acercó a la puerta de una casa para intentar escuchar quién había dentro; al hacerlo, una vieja de unos setenta años abrió la puerta. Te he pillado mendigo, le dijo al general, que le respondió a la vieja que estaba por llamar a la puerta. La vieja lo miró de arriba abajo, poco después le preguntó sí era uno de los pocos militares franceses que habían quedado con vida tras la guerra. El general le respondió que así era. La vieja agradeció la sinceridad del militar, que sacó una moneda de oro de un bolsillo; y le dijo a la vieja si se podía quedar esa noche en su casa. Ella lo cogió del brazo y lo metió rápidamente para dentro de casa. Los ojos se le dilataron a la vieja, cuando prácticamente le arrancó de las manos la moneda de oro al general. Imagínese si se puede quedar, soy una persona hospitalaria. Le acepto la moneda porque si no sería una descortesía, y porque además ando muy mal de dinero. Corren malos tiempos para todos, imagínese para los pobres. Acérquese al fuego, debe de estar helado. La vieja le dio de cenar comida caliente, luego le convidó a un coñac barato. Todos los agasajos puso en práctica la vieja, con tal de que aquel soldado francés durmiera cómo un angelito, y ella pudiera hurgar en sus vestimentas para hallar otro metal precioso cómo aquel que brillaba en sus manos. La vieja le preparó en el suelo una cama improvisada de mantas al lado del fuego. Se dieron las buenas noches. El general se guardó su pequeño tesoro en los calzoncillos sin que ella lo viera. Al cabo de unos veinte minutos se durmió, abatido por el cansancio y llevado por la comodidad y el acogedor crepitar de la leña, que, aparte de desentumecerle los huesos, era como si le desentumeciera el alma.
VI
La vieja, mientras el general dormía, había fisgoneado en las ropas y la bolsa, pero no había encontrado nada. Sospechaba que tal vez tuviera algunas monedas más; pero se supo contenta con la moneda que recibió. Cuando se hizo de día, despertó al general con un tazón de leche caliente y un gran pedazo de pan con mantequilla. El general desayunó sin hablar mucho. La vieja no paraba de contar cosas sobre la guerra. La guerra la crea el diablo, le dijo la vieja al general.
A Alex le daba mal rollo aquella vieja. Nunca le gustó la gente que hablaba mucho. No paraba de hablar, y el pobre del general no tenía más remedio que apechugar. Lo importante era salir de aquel pueblo cuanto antes. La vieja podía contar a los vecinos que por allí andaba un superviviente francés, y éstos no ser tan atentos y gentiles cómo aquellos que le salvaron la vida. Muchas gracias señora por todo, le dijo el general a la vieja campesina alemana. Tengo que proseguir mi camino. Vaya usted con Dios, le respondió la vieja, que se llevó la moneda del bolsillo a los dientes, unas vez hubo cerrado la puerta. El general caminó deprisa por la calle principal enfangada, compuesta por dos hileras de casas, de unas doce a quince cada una. Cuando ya estaba fuera del pueblo, resoplando cómo un búfalo después de una galopada por la llanura, el corazón a cien por hora, su cuerpo demolido casi por completo, apoyado en un árbol, una mano le tocó la espalda. El general casi se muere del susto. Al girarse descubrió quién era. Allí estaba con su cuerpo enjuto y alto, su moño rubio, sus ojos verdes, pequeños, la boca de labios delgados cómo un simple trazo de lápiz; nariz de patata en aquel rostro largo, quijotesco. Era la vieja. El general intentó decir alguna cosa coherente, pero la vieja empezó a hablar paranoicamente, sin puntos ni comas, atropelladamente. Así pues, el general la dejó correr verbalmente cómo lo hace un río desbocado, que arrambla con todo lo que pilla a su paso, sin pausas, sin tabiques, sin puntos y apartes para discernir los contornos por donde se encamina un dialogo lógico.
Cuando hubo terminado de no decir nada. El general le preguntó a la vieja, ¿está usted segura de que quiere acompañarme hasta mi casa? ¿Es un duro y largo camino? La vieja pareció tranquilizarse un poco. Le dijo al general que tenía interés en ayudarle. ¿Por qué? Preguntó el general. Nadie hace nada por nada. Mire, dijo la vieja, le voy a ser sincera. Si usted me da unas monedas más, yo le ayudo a llegar a su destino. Yo no tengo más monedas, dijo el general. Sólo tenía una, la que le di a usted. ¿Me está diciendo la verdad? Preguntó inquisitiva la vieja. Claro, dijo el general, no tengo moneda ninguna.
Chicos, salid. De detrás de dos árboles salieron dos alemanes de unos treinta a cuarenta años. Campesinos altos y bien alimentados. Eran sobrinos de la vieja. Se acercaron al general. Uno de ellos le dio unos bofetones al general a modo de guasa. El otro sobrino y la vieja se reían de las gracias de aquel. Iba a lloverle al general la quinta bofetada cuando éste ya no pudo más, y agarrándole el brazo al campesino con la mano derecha, se lo torció detrás de la espalda. Entonces el campesino con la mano libre que le quedaba intentó golpear al general, que aplacó el golpe con su izquierda, y le metió un cabezazo directo en la nariz, reventándosela inmediatamente. Cayó al suelo llevándose las dos manos a la cara sangrienta. El otro campesino se abalanzó como un loco sobre el general, que con la velocidad que traía, éste se hizo rápido a un lado y le puso la zancadilla. Al levantarse el campesino se dio de cara con una patada en la boca por parte del general, que por algo era general y no sargento. La vieja salió corriendo despavorida.
Alex no esperaba una de esas por parte de aquel tipo apático y melancólico. Terminó la escena con aquellos campesinos huyendo cómo gallinas, y el general atacado por su infinito dolor de cabeza. Fue entonces cuando Alex aprovechó para liarse un cogollo de marihuana y tomarse un chocolate caliente.
VII
Respiró profundamente, de su boca salió el aire casi congelado, de los pulmones de Alex una humareda blanca que empapaba de blanco la habitación, igual que el paisaje por donde proseguía penosamente el general. Pensó en la maldad de la vieja, también lo hizo Alex, que al ir colocado no pudo contener la risa al rememorar la paliza que le había metido el general a los dos palurdos bávaros. Hizo unas comparaciones fuera de orden y medida entre el general y Bruce Lee; aunque en una cosa coincidían, en el resultado. Precisamente eso fue lo que llamó la atención de Alex, que estaba dándole otro achuchón al porro. La destreza con la que se manejó con los campesinos. La tranquilidad con la que los dejó cao. Alex se afirmaba todavía más en su intuición inicial que le había llevado a desechar salir con los amigos. No sabía porque, pero aquel personaje en apariencia rancio, obsoleto, depresivo, guardaba un interés que ya se estaba revelando.
Después de andar más de dos horas seguidas por el bosque, el general se paró a atender sus necesidades fisiológicas. Se agazapó entre unos matorrales, apretó los dientes, parece ser que llevaba unos días estreñido debido al stress de la batalla, los nervios, esas cosas que no dejan a los hombres que fluyan con libertad sus más automatizados procesos orgánicos. Le empezó a doler la cabeza, a veces le daban ganas de arrancársela con una pica. Una voz de hombre llegaba desde una distancia prudente, cantaba así:
Princesa mía, rondel de oro
Ámame, aunque no sea moro
Desciendo de los vastos galos
Aunque refinado, lo soy consumado
Tra lara lara la la la la
Tra lara lara la la la la
La canción continuaba con los lamentos y las obsesiones de un apasionado por su apasionada. El individuo estaba llegando cerca del general, que se encontraba escondido tras los matorrales a unos metros del camino. Se limpió el culo al estilo cabrero, es decir, con una piedra, y se vistió enseguida, para ocultarse aún más si cabía de aquel hombre, que se hubiera supuesto ser un trovador que estaba de camino a alguna parte. El supuesto trovador cambió la canción por otra que así hilaba:
Huele a mierda recién cagada,
Por aquí hay un hombre, o una mujer
No por mal, ha de oler bien
Ni por bien, mal lo ha de hacer
En la decadencia de los procesos
Crecen las flores más bellas
Y huelen que alimentan
La flor de Loto pongo por ejemplo
Y a todo esto este cantar voluptuoso
Haría el favor de mostrase, mujer u hombre
Para poder ser presentados
Como seres civilizados.
Alex flipó con la verborrea de aquel tipo, que era tan alto como el general, salvo que debería pesar un quinta parte menos. Era delgado cómo un galgo. De su cara salía una nariz inverosímil que apuntaba hacía las estrellas. Sus ojos eran pequeñas ascuas candentes, la tez morena, el pelo negro largo peinado hacia atrás recogido en una coleta. Sus ropas podían ser las de un burgués.
El general se mantenía en silencio esperando que aquel tipo se marchara y le dejara en paz. Su cara era de malestar, parecía decir: ni cagar en paz me dejan. Ni cagar en paz puede el general, pensó Alex, rematando el porro. Cansado de esperar, y viendo que aquella especie de trovador inmiscuido no se iba, el general salió de entre los matorrales.
-¿Qué quiere, aparte de molestar una de las acciones más discretas, de las cuáles tiene derecho a disfrutar en paz cualquier ser humano? –Dijo malhumorado el general.
-Bien es cierto lo que dice, caballero, cómo también lo es de personas bien educadas, el darse a conocer. ¿No le parece? –Respondió amablemente el supuesto trovador.
-Tiene razón, soy el general Albert Rieu, único superviviente, que yo sepa, de la batalla de Durvem. A su servicio. –Dijo el general, recuperando por primera vez su espíritu, después de perder la batalla.
-Es un placer, me pongo a su disposición para lo que necesite. Mi nombre es Enrique, soy un trovador atemporal. Canto por amor, y amo porque canto.
-¿Quiere comer conmigo? –Le preguntó el general al joven.
-Será un placer, general. –Respondió feliz de la vida el poeta, que el destino siempre le tenía previsto algo acorde con su amorosa alma.
VIII
Comieron en silencio aquello que los campesinos hospitalariamente ofrecieron al general. Cuando hubieron acabado, el trovador le preguntó al general por la batalla. El general no tuvo mucho que contar.
-Parece usted abatido general. –Dijo el trovador con un aire consolador en su tono de voz.
-¿Cómo se sentiría usted, si todo su ejército estuviera muerto? ¿Y la dignidad de la patria tirada por el fango? –Respondió el general, más a sí mismo que al otro.
Yo me pillaría una melopea de un par de narices con los colegas y santas pascuas, pensó Alex, con el cogollo de marihuana todavía zigzagueándole por las neuronas.
-Mire el lado bueno de toda la historia, general. Es el único superviviente. ¿Acaso eso no es maravilloso? –Dijo Enrique el poeta trovador intentando animarle.
-Lo maravilloso, querido joven, hubiera sido morir con mi ejército. Aparte de lo maltrecho que he quedado físicamente, tengo un vacío en el alma que me reprocho el aire que respiro. –Dijo el general, que hizo un gesto con la mano, dando a entender que no quería charlar más sobre ese asunto. ¿Hacia dónde se dirige, joven?
-Voy camino de Landgraaf. Tengo que animar una fiesta nupcial, que se celebrará este fin de semana. –Respondió Enrique alegremente.
-¿Usted siempre está de ese buen humor? –Preguntó el general desde su inconsolable escepticismo.
-Así es, me viene de nacimiento. Mientras unos se empeñan en darse una miseria de felicidad, yo tengo la humildad de darme un banquete con ella.
-Debe de tener una conciencia tan ligera cómo las plumas de las aves, que de esa manera consiguen alzarse al vuelo. –Dijo el general, mirando con recelo a aquel joven desgarbado que tenía frente a sí.
-Mi conciencia, cómo muy bien usted dice, mi general; tiene tal ligereza, pues no se somete a los pesados rigores sociales; ni se deja arrastrar por los falsos vientos de la lujuria. Simplemente vaga soñadora cantando a la belleza.
Al general las palabras del muchacho, cuanto menos, le resultaron utópicas, teniendo en cuenta que el general acababa de salir de un infierno, y las consecuencias, le sesgaban el alma, dejándolo en un estado de completa depresión. Una sensación en la que el futuro era una burla, el pasado un dolor inaceptable cómo aquel dolor de cabeza, y el presente una caída sin fondo.
Alex se lio otro porro. Había pasado más de una hora desde que comenzara la película. No habían pasado muchas cosas, como suelen pasar en esas películas de acción. Pero algo había pasado. Sintió frío con aquellos paisajes invernales del centro de Europa, caminando con aquel general abatido, derrotado, tanto de día cómo de noche. Ahora que la película estaba acabando, le vino a la cabeza la pirada de la vieja y sus sobrinos intentando darle el golpe al general, y cómo éste se defendió magistralmente sin despeinarse.
El piano, aquellos acordes desgarradores, agazapados en las imágenes, un lenguaje brutal, por su fuerza innata, que aparecían y desaparecían casi sin ser advertidos; cómo ahora, cuando el general miraba con confianza en los ojos, al trovador; un ser libre cómo una cabra, un león o una gaviota.
-Mi general, véngase conmigo a Landgraaf, no tiene nada que perder. Le garantizo que se sentirá cómo en su casa. –Dijo Enrique el poeta.
-Sabe, querido amigo. Tiene usted toda la razón del mundo. Le acepto el convite. –Replicó el general, al cual le brillaron por primera vez los ojos con luz propia.
Los dos nuevos amigos empezaron a andar, una fina lluvia de nieve caía sobre la blancura del bosque. El piano cesó su melancolía, reemplazado por una canción alegre; los títulos de crédito aparecieron. Alex se quedó frente a la pantalla hasta el mismísimo final. Se puso lo primero que pilló y salió a la noche del sábado. En casa ya no había más nada que hacer.
FIN
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